Volver a empezar: Barcelona

Una reflexión poética de expatriada y turista en casa, sobre la necesidad de hacer y reinventar nuestras ciudades durante este 2020 pandémico

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Cómo empezar de nuevo cuando lo único que puedes hacer es continuar… En tiempos de pandemia, querer recuperar como propia una ciudad en la que te has vuelto turista a medias, es un deseo ambicioso. Pero lo intentas.

Vuelves a Barcelona y te paseas como si fueras de aquí, veinticinco años después de marchar, medio enfadada y harta de hacer fotocopias. Picotear Barcelona ahora e instagramearla — con gracietas en inglés, para más inri — es una de esas experiencias desconcertantes que te ponen al borde de lo indecible.

Soy de aquí y me siento fenomenalmente extranjera

Soy de aquí y me siento fenomenalmente extranjera. Soy de aquí y veo cosas raras en lo cotidiano porque me suena y lo he olvidado a la vez; porque lo entiendo de una manera alienígena y lúcida, con ese filtro picante que genera la ignorancia de lo común cuando está especiada con un buen conocimiento de lo universal.


Estamos chapoteando en la nueva normalidad. Todas las ciudades tratan de empezar de nuevo, cuando lo único que pueden hacer es continuar. Se quieren recuperar a sí mismas, pero se han vuelto turistas horrorizadas de un nuevo tipo de urbanismo. Las ciudades experimentan con innumerables variantes de las reglas necesarias para salir adelante: algunas innovan, otras copian, algunas se arriesgan, otras parecen paralizadas, sólo que nadie puede parar, mientras el virus sigue pululando y la gente sigue mareándose de calor y resignación dentro de sus máscaras multicolores.

Es verano, estamos en Barcelona, y la mascareta de diseny, fet per gent del barri o Catalan design, made by local creatives se vuelve insoportable. Pero este no es un pensamiento útil en el 2020. Hay que olvidarse de esta molestia, como una se olvida de la tortura en los pies cuando está ufana taconeando (voluntariamente) en zapatos altos de fantasía. La mascarilla ha de formar parte de tí. Llévala a cuadros, negra, con florecitas o lentejuelas, de papel y de plástico, con o sin filtros quiméricos. Llévala con ironía, gracia, asco o aburrimiento, pero acostúmbrate a ella.

Y a eso vas. Tratando de recuperar tu ciudad. Enmascarada. Sin poderte acercar a la gente o mirarlos bien a la cara.


Los ojos se vuelven algo hipnótico. Algunos ojos, sobre máscaras bien cortadas, son alucinantes. Aprendes a comunicarte con estos ojos y los tuyos se vuelven fluorescentes, sacan rayos y ondas magnéticas que pueden tumbar al enmascarado de delante si te lo propones.

Quieres sentarte en un café, hablar con extraños. Te pasas horas intercambiando aventuras con las dependientas que se abren a tí con sus penas en esta Barcelona de verano sin compras. Habláis de rebajas, de geles antibacterianos y de turistas que no vienen o que, si vienen, se van. Tú cumples tu papel de pseudo-turista, pagando bien, a menudo, y en libras.


“Habláis de rebajas, de geles antibacterianos y de turistas que no vienen o que, si vienen, se van”


Te preguntas qué clase de verano será este. Estás tan necesitada de estar aquí y tan perdida. Sin gente a la que ver en tu ciudad. Sin claridad sobre cómo apañártelas con nuevos conocidos.

Hablas con tus otros amigos expats. Los que se fueron, como tú, y están ahora negociando el virus en rincones remotos, con y sin opción a mascarilla de lentejuelas. Les dices que tienes hambre de Barcelona y que la estás re-encontrando de maneras imposibles y extraordinarias. Te sientes, ya no turista, si no becaria, estudiante Erasmus, Eurodyssée, Fullbright. Beneficiaria de aquellas cajas de pandora para los jóvenes echaos palante de los noventa. Podrías estar en Edimburgo 1996, Reims 1998 o Sydney 1999. Es casi lo mismo. La misma intensidad y las mismas ganas de andar. La misma lucidez, acentuada ahora que llevas máscara y te han salido ojos fluorescentes.

Ves tu ciudad y te fascina de nuevo, con una frescura que agradeces, tras años decepcionándote y frustrándote contra la narrativa oficial y la blanda oferta a tu alcance de turista reticente.


Hay algo potente en lo que está pasando.

Aprecias las nuevas líneas y marcas amarillas sobre las calles. La ciudad hecha un parchís. Exclamas: el urbanismo fluido y reinventable es bueno, es necesario, es importante, más que nunca. Lo celebras.

Te encantan los mensajes de ánimo a la ciudadanía. Es un postureo positivo, que no podemos (o debemos) descartar como cínico. Es que otra cosa no hay: o lo intentamos o nos hundimos.

Te fastidia el oportunismo, si se utiliza como propaganda para los mensajes cerrados e intolerantes de siempre, pero eso no es dominante.


“el urbanismo fluido y reinventable es bueno, es necesario, es importante, más que nunca”


Te gusta sentir la variedad de reacciones en cada barrio. La presencia e identidad marcada de los residentes, demostrando que los turistas no ofrecerán nunca la respuesta. Que la ciudad sobrevive sólo si tiene a gente que la quiere y la aprecia aún cuando está fea, cansada y de mal humor.

Tu estás cansada, no sabes si fea o simplemente estrambótica en tu colección de máscaras, sudando con buen humor.

Te agarrarás a tu ciudad este verano, paseando sola y aplicando tu perspectiva de turista impostora, de nativa expatriada, urbanita global y teórica profesional. Te agarrarás a tantos ojos como puedas, hablarás con todos aquellos desconocidos que se animen a compartir ciudad contigo y aterrizarás un poquito más aquí, tras tantos años de medio-enfado, echando alguna raíz — bien desinfectada. Te enjabonarás las manos y te echarás las bolsas a cuestas, cargadas de zapatos varios (los de fantasía, incluidos), para recorrer calles, contribuir a reconstruirlas y recontarlas.

*

Es un momento determinante para apoyar a las ciudades. Quienes las amamos, no podemos abandonarlas. Es imposible saber hacia dónde vamos, pero hay que ir hacia allí, volviendo a empezar un poco, continuando un poco, aceptando este juego de parchís y máscaras.

Tú quieres hacer y rehacer Barcelona. Quieres que Barcelona cuente contigo. Con tu acto de presencia en agosto del 2020, sudando y sonriendo con todos los demás, harás y reinventarás tu ciudad.

El niño estatua juega y se le cae la mascarilla… le perdonaremos…

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